La disciplina
06 de septiembre de 2017


Las reglas, los deberes y el trabajo duro - el precio que uno paga por matricularse en un instituto prestigioso.

Excluida… de nuevo ¿Dedicar el tiempo a los estudios o a las amistades? Poco a poco te acostumbras al hecho de que eres… diferente.

(Foto: Yo de adolescente)

Mi elección de instituto fue buena. Al menos así lo siento hoy en día. Mientras iba al instituto, que duró cuatro años, no lo sentía exactamente así. Tenía lo que me convenció en su momento: unas instalaciones impresionantes, una taquilla de tamaño de un pequeño armario, numerosas excursiones, buenas meriendas, el rocódromo, el gimnasio, una bonita y nueva biblioteca, pero, además, una disciplina dura.

En este instituto existen las siguientes reglas:
- la clase empieza a las 7.49
No, no empieza a las 7.50. Empieza a las 7.49. Hay que entrar por la entrada del instituto y bajar directamente al sótano donde se encuentran las taquillas. Hay que cambiarse los zapatos y ponerse las zapatillas de estar en casa, dejar las chaquetas en las taquillas y subir por otras escaleras. No puedes subir por las mismas por donde has entrado. Vaya a ser que un día lluvioso mojes el suelo con tus zapatos. Hay un guardia en la entrada, para que ningún alumno suba por las escaleras de entrada. A las 7.49 el guardia cierra la puerta del instituto.
- si llegas tarde, tienes que entrar por la entrada principal del edificio.
Allí tienes que rellenar un modelo en el que explicas por qué has llegado tarde. Cuando lo firmas, el recepcionista se lo queda para que el director del instituto lo estudie y decida si has llegado con retraso con un buen motivo o habrá que poner una falta.
- la clase termina a las 14.06.
No, no termina a las 14.05, termina a las 14.06
- si quieres salir del edificio antes de las 14.06, tienes que pasar por la recepción de la entrada principal y enseñarle al recepcionista el pase, firmado por un tutor.
No se puede fumar (ni beber, por supuesto) en el instituto ni en un radio de 1km. No se puede cruzar la vía del tren delante del edificio con las rampas bajadas. En cualquiera de estos casos, si te pilla algún profesor, la falta es grave. Dos faltas graves y fuera, a cambiar de instituto.

Cuatro años de estas reglas te endurecen y te crean una costumbre de disciplina, que muchos han visto en mí años después y no podían entenderlo…

Aparte de esas reglas generales yo tuve otra dificultad. Mi madre trabaja en ese instituto. A veces me cruzaba en los recreos con ella, que me echaba la mirada de un águila, me miraba como si pensase: “te observo… sé lo que haces… no te preocupes que si me entero de algo, ya nos veremos luego en casa…”

Erróneamente, mis compañeros pensaban que tener a mi madre en el instituto era un privilegio. No sé en qué se basaban, no me lo sabían explicar. Supongo que les parecía una ventaja para mí tener a mi madre andando cerca, pero para mí el privilegio mas grande sería tener a mi madre bien lejos y no andando por los mismos pasillos del mismo instituto. Ese es un instituto donde cuando tienes un examen oral te exigen incluso más por ser la hija de una profesora. Desde luego que mis compañeros no vivían la presión en la que yo me encontraba, cuando tenía que dar explicaciones a mi madre luego por la tarde de todas las travesuras que hacía.

Por las tardes salía del instituto como una flecha. Tenía clases en el conservatorio profesional en la otra punta de la ciudad, en el centro, así que me pasé cuatro años almorzando bocadillos en los autobuses urbanos.

¿Cómo que no hice muchas amistades en mi instituto? En general los alumnos se repartían en tres grupos: el de la capital – Ljubljana-, el de la residencia y el grupo que llegaba cada día con el tren. Por supuesto yo no estaba ni en el segundo ni en el tercer grupo. Entre los del primer grupo tampoco, puesto que llevaba en la capital nada más que un año en el que me tiré casi todo el tiempo llorando por el acoso que sufría en el colegio y conocía bastante poco la ciudad.

Otro factor que me diferenciaba de ellos era mi pasatiempo. Mientras ellos se alejaban después de las clases en grupo a dar paseos por allí, yo corría a mi conservatorio. También era diferente en mi forma de vestir. Solía llevar un estilo alternativo, es decir, mi imagen me daba bastante igual y me ponía ropa diferente, las prendas olvidadas de mi madre, o ropa de la India, llevaba trenzas, pendientes largos y usaba la misma mochila durante 12 años…

Pasaba las tardes enteras en el conservatorio. Para los compañeros del conservatorio era "la del otro instituto" y nunca hicieron especial amistad conmigo. Ellos tenían sus bromas y sus historias de las clases a las que acudían por la mañana, mientras yo asistía a otro instituto.

Otra dificultad que encontré para sentirme aceptada fue el hecho de que desde siempre me gustaban las chicas. No era algo que pudiera entender cualquiera, de hecho, en esos tiempos nadie lo entendía, y menos en un instituto católico y estricto, por eso me cerraba y no quería hablar nada más que con un puñado de amigos. Pasé algunos momentos realmente duros, como cuando una profesora descubrió una carta que escribía sobre mi amor. Obviamente la carta cayó en manos de mi madre en el siguiente recreo tras esa clase. Esto y algunos indicios más hicieron pensar a mis padres algo que nunca intentamos aclarar. Supongo que para ellos era demasiado difícil, pero para mí supongo que aún más.

Después de unos años de pasar prácticamente todo el tiempo sola, me acostumbré a ser la rara, el outsider, o la oveja negra, como quieran llamarlo.

Los años que pasé en el instituto son, para mí, como una pesadilla de la que me he despertado y jamás volvería atrás a esos tiempos, sobre todo por el tema de las amistades y de nunca sentirme aceptada. Sin embargo, agradezco la formación y la disciplina que me ha proporcionado esa institución.


Comentarios (3)

Eduardo (Torremolinos) 2017-09-06

Como fan tuyo que soy, sigo todas tus vivencias y no dejo de sorprenderme por ellas. En este caso concreto, donde cuentas tu estancia en el instituto, se me viene a la cabeza el regimen militar que todos sufrimos (o muchos) durante el "servicio a la patria". Pero no me sorprende nada tu historia ya que en estos centros lo mismo que en los cuarteles que citaba, siempre existe la oveja negra, el raro, y si no tragas con lo que el resto establece, te aislan, bullying puro y duro. Intento ser siempre positivo y no ver las cosas negras, y mirando hacia atras veo que he aprendido mas de estas viviencias duras, que de otras mas "placenteras". Pero yo no diria que una persona que vive estas situaciones es raro, no, ni muchisimo menos, es distinto, ni mejor ni peor, distinto. Tambien muchas veces hemos oido aquello de "Éste está loco" "no es normal" "está mal de la cabeza". Por lo general siempre he oido estas frases refiriendose a "personas de otro nivel" . Quien no ha escuchado a alguien decir que Salvador Dali estaba loco, o que la pintura de Joan Miró la pinta cualquiera? No, no todo el mundo puede entender a los genios, precisamente por eso, porque son genios. Quien podria seguir a un Stephen Hawking sin pensar que no esta bien de la cabeza?. Es por todo ello que yo me sentiria un privilegiado siendo un "raro". Tambien esa ferrea disciplina te ha forjado un caracter indomable que te hace que seas una luchadora, y asi entre nosotros y ahora que no nos escucha nadie, es una de las cosas (aparte de tu musica claro) que mas admiro de ti. No olvides Klara que nos debes una visita. Un beso

Georges Roda-Gir 2017-09-08

Felicitaciones por su esfuerzo a largo plazo.

Juanjo Morcillo Luque 2017-09-08

Me ha dado pena leer ciertas cosas que te ocurrieron (algunas ya me las comentaste un poco cuando aún estabas en Córdoba), pero me alegro de que fueras tan fuerte superando así­ toda esa etapa, reforzada y con una autodisciplina que te ha llevado a lo más alto. Un abrazo, Klara!

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