Santillana del Mar, uno de los pueblos más bonitos de España
16 de noviembre de 2017


... y más problemas a la vista

Verano del 2015, un pueblo precioso en el norte de España... y los medios de comunicación cordobeses se acuerdan de mí a pesar de mi ausencia.

(Tocando en Santillana del Mar, con la Colegiata de fondo)

Conocí Santillana del Mar en una foto. “Qué lugar más precioso!” dije, y mi mujer me prometió ir a visitarlo algún día. Ese día finalmente vino en verano de 2013. El pueblo era aún más precioso en realidad que en esa foto.

Andando por esas pintorescas calles de piedras, mirando a las casas, perfectamente conservadas y adornadas de flores y claveles de aire, podía disfrutar de una temperatura más bien primaveral y observar los alrededores completamente verdes. El campo olía a fresco, a aire limpio y puro, y al pasar por las puertas de los restaurantes me llegaba un magnífico olor a carne a la brasa.

El lugar realmente parecía lleno de mágia. No tardé mucho en decidir. “El año que viene volveremos, pero con mi violín.” Y así fue.

Al año siguiente nos quedamos dos semanas y empecé a conocer a la gente del pueblo. Su carácter era bastante tímido, nada parecido al de los cordobeses a los que estaba acostumbrada. Los cordobeses eran alegres y habladores, te hablaban al pasar, hacían bromas y comentarios, mientras que los santillanos no hacían nada de esto. Como mucho saludaban, incluso puede que solamente con los gestos. Me observaban con admiración y un poquito de prudencia. Con el tiempo empecé a ganar su confianza y cada año me siento más arropada por la gente del pueblo. Ya saludan siempre, hablan (mucho!) y hacen bromas y comentarios. He escuchado algunas veces sobre esos estereotipos sobre la gente del norte en comparación con la gente del sur. Y, a la hora de la verdad, todos son simpáticos.

Mi viaje de verano a Santillana del Mar se convirtió en una costumbre y cada año alargaba más mi estancia. El año de la muerte de mi amigo fue un gran alivio estar un tiempo en otro entorno y me hizo sentir muy bien. Dejé de llorar y disfrutaba de mi paseo desde mi casita andante en el camping hasta el pueblo, admirando la belleza del campo, acompañada de los mugidos de las vacas.

Solamente un acontecimiento me hizo volver a “la realidad” de mi vida cordobesa – un día leí un artículo de prensa mencionándome. Decía algo como “el nuevo gobierno municipal de Córdoba establecerá una nueva normativa de los músicos callejeros, lo que perjudicará a la violinista de La Puerta del Puente.” Obviamente, sin mencionar mi nombre, estaba claro de quién estaban hablando. Me quedé un poquito sorprendida, porque el artículo decía que no existía una normativa para tocar en la calle, por lo cual sólo estaba autorizada yo. No me parecía una frase lógica.

¿Cómo puede ser que yo esté autorizada (y llevaba casi cuatro años autorizada en ese momento) para algo que no está regulado y supuestamente no existe? Y, por otro lado, si no existe, está muy bien que se regule, pero, ¿por qué me perjudicaría? ¿Por qué están dando por hecho esto? ¿Por qué no podría ser que una nueva normativa por fin me protegiera algo más? Por ejemplo, podrían autorizar a más músicos, para que estuviéramos más protegidos, pero, ¿perjudicarme? ¿¿Por qué??

Me sentó un poco mal y otra vez de nuevo entendía que intentar hacer las cosas bien y de manera legal para tratar de cumplir con una normativa que acababa de descubrir que ni siquiera existía, perjudicaría en primer lugar a quien lo estaba haciendo de manera correcta.

Maldije a las estúpidas noticias, decidí pasarmelo bien en mi pueblo del norte, pero decidí que una vez que volviera a las tierras califales, iba a solicitar una cita con la persona al cargo del tema, y no con los técnicos que por lo visto nunca me informaron de que me estaban pidiendo cumplir con unas conciones inexistentes, sino con el propio concejal, y no para ir sola, para que no me contaran cuentos, como cuando estaba recién llegada e ingenua, sino acompañada de una abogada.

***

De pronto estaba de vuelta de esas temperaturas primaverales en un típico verano cordobés. Era el principio de septiembre, respirábamos un aire sofocante, hacía algo más de 40 grados, y con mi abogada entramos por la puerta de la concejalía de vía pública.

Nos sentamos en el despacho y el concejal se sentó frente nuestra. Era un hombre aparentemente simpático, parecía amable y sonriente y, teniendo en cuenta que solamente llevaba un par de meses en ese puesto, empecé a contarle cuál era mi situación. En breve le conté que llevaba años tocando en el lugar de La Puerta del Puente, con una autorización municipal, para la que tuve que cumplir una serie de condiciones. En todo este tiempo sufría acosos de todo tipo por parte de la gente que carecía de autorización para tocar, que ni desde el Ayuntamiento, ni desde la Policía Local han sabido solucionar. Le dije que leí una reciente noticia sobre una nueva normativa, en la que se me mencionaba como “la que va a salir perjudicada”. Le pregunté si sabía algo de eso, y afirmó, “Sí, ya, hay algunos músicos que quieren tocar en la calle, pero no te preocupes, ellos solo quieren tocar, he hablado con ellos y no son muchos, además estas cosas van para largo… en fin… que no te preocupes.” Su respuesta no me hizo entender mucho, le ofrecí uno de mis discos, para que conociera mi trabajo, pero me dijo: “No, gracias, yo ya los tengo.” Esto me alegró. Estaba contenta de que se tratara de alguien que conocía mi trabajo, por lo tanto, a lo mejor, las explicaciones sobraban. Le pedí que en el futuro me avisaran desde el Ayuntamiento en el caso de que empezara a cambiarse cualquier cosa. “Sí, sí, claro que sí, no te preocupes.”

Fue una reunión muy corta, pero parecía prometedora. Pensaba que por un tiempo el asunto estaba “resuelto”, pero no tenía ni idea de lo que se me venía encima. Un mes más tarde salió una nueva noticia, otra vez mencionándome como “la que va a salir perjudicada” y la que “no va a poder seguir tocando en su lugar habitual”, con mi foto, tocando en La Puerta del Puente, con mi nombre y apellido y siempre destacando mi nacionalidad y origen (hacer referencia al origen es una cosa que les encanta a los periódicos cordobeses y es algo que realmente importa muchísimo allí). No sabía de dónde les llegaban las noticias a los oídos de los periodistas, si yo ni siquiera estaba avisada de ningunos cambios y se trataba de mí.

Las noticias daban lugar a los comentarios de la gente anónima, con lo cual, podía observar lo dividida que estaba la ciudad. Por un lado, la gran mayoría de la gente admirando mi trabajo y reconociendo mi gran labor e incluso la promoción para la ciudad, por otro lado, un montoncito de gente odiosa y malvada, hablando mal de mí, usando como argumentos unas calúmnias totalmente inventadas. Si esos comentarios (por ejemplo, en redes sociales) daban lugar a discusiones, siempre era evidente que esos comentarios provenían de los músicos o de sus amigos o familiares.

Hasta el final del año salieron unos cuantos artículos más, pero desde el Ayuntamiento no dieron señales de vida. Al final del año hice lo de siempre. Entregué mi solicitud de renovación del permiso, aportando todos los documentos de la actividad y del seguro y pagué la tasa municipal. El permiso solía llegarme unos días más tarde, en los primeros días de enero, por correo postal o correo electrónico. Pero esta vez el permiso nunca llegó.



p.d. Santillana del Mar es un lugar tan bonito que es imposible explicarlo con palabras. Recomiendo de corazón un viaje a Santillana a todos aquellos que todavía no han tenido la suerte de visitarla. ¡Saludos a todos los santillanos y hasta la próxima!


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