Los primeros años a la ribera del Guadalquivir
18 de octubre de 2017


Haciendo cada día sonar esas cuatro cuerdas...

Sobre los primeros años tocando en La Puerta del Puente y la desprotección que sufría al encontrarme con algún tipo de problema.

Pronto descubrí que eramos cuatro los que teníamos la autorización municipal por entonces. Un hombre que tocaba el címbalo húngaro por la zona de la Mezquita, un dúo que venía de fuera y que tenía la autorización por la zona de La Puerta del Puente (aunque solamente venía una o un par de veces por semana), un pintor que tenía la autorización para el principio del Puente Romano y yo.

Después de llevar unos meses tocando, el dúo dejó de venir y así nos quedamos nada más que tres autorizados. Con el buen tiempo empezaron a venir los artesanos a vender sus productos al Puente y no tardó mucho en aparecer un músico con un enorme amplificador, un micrófono y una guitarra eléctrica. Venía de otra ciudad andaluza, donde no quería tocar porque sus padres no se lo permitían por vergüenza. Le acompañaba su novia que vendía pulseras cerca suya. Le gustaba La Puerta del Puente, pero después de suplicarle que dejara mi lugar libre unas cuantas veces se movió más por la zona del Puente Romano. Encendía su equipo y su música, que eran exactamente dos canciones que sabía tocar, se podían oír por toda la Judería.

Mi pequeño, humilde sonido del violín acústico desaparecía por completo. No ayudó nada, pedirle que bajara el volúmen, acercarme y hablar con él todos los días, tampoco le hacía caso a los artesanos que tenían dolor de cabeza de tanto volumen y de escuchar las dos canciones durante horas. Estaba desesperada. Hablé con los artesanos que me dijeron que bajo ningún concepto podía hacer nada. “Si llamas a la policía, nos echarán a todos.” No entendía que se referían a ellos, no a los que teníamos el permiso, ya que, erróneamente, pensaba que si me quejaba me podría traer problema con mi autorización y quizá no me la iban a renovar. Estaba asustada por el único trabajo que tenía. Un día decidí comentarles a los técnicos en el Ayuntamiento el problema que tenía. “Tienes que llamar a la policía siempre y cuando veas a alguien sin autorización.” Por suerte no tuve que llamar. Un día, una pareja de policías pasó por la zona y encontró el muchacho en “su lugar”. No sé qué le dijeron pero dejó de venir.

No me apetecía mucho tener que llamar a la policía por alguien que se pusiera a tocar cerca mía. En vez de esto decidía acercarme e intentar a hablar con quien estuviera tocando. La comunicación amable no traía nada bueno. Los músicos solían responderme de muy malas maneras, pidiendome que me fuera yo, diciendo que habían llegado antes, hacían referencias a mis orígenes extranjeros, a menudo me mandaban que me fuera a mi país. Triste e indefensa, hablé con los técnicos de nuevo. “Tú jamás te acerques. Tienes que llamar a la policía,” me dijeron.

El hecho de tener que llamar a la policía cada vez que alguien tocara cerca pronto significaría que debería estar llamando con mucha frecuencia y luego esperar un buen rato hasta que pasara algún agente por la zona. Lo hice un par de veces, pero me supuso demasiadas pérdidas de tiempo y molestias. Obviamente no iba a perder tiempo de mi trabajo, así que seguía acercandome yo para resolver un posible problema.

Cuando apareció un rumano nuevo con su enorme amplificador y su acordeón, pudimos resolver este problema de manera de que se alejara hasta el otro punto del Puente, para que pudiera seguir trabajando con mi tierno instrumento acústico. El problema se convirtió en algo constante. No entendía por qué era imprescindible tener esa autorización municipal que me costaba (cada mes) tanto dinero conseguir y mantener, cuando los demás estaban tan tranquilamente tocando cuando y donde les daba la gana.

Los policías que hacían recorrido por la zona no les solían decir nada. Solamente después de pedirles ayuda y explicarles lo que me habían dicho en el Ayuntamiento, a veces (¡pero solo a veces!) se acercaban y les daban un toque a los músicos. Más tarde me llegó al oído que el argumento que utilizaban los agentes como el motivo para pedirles que se fueran era “Porque ella”, señalándome a mí, “tiene la autorización.” Por eso no pueden estar tocando. Bueno, pueden, mientras nadie les diga nada. Pero el caso es que, según los agentes, no podían estar tocando no por no tener la autorización, sino porque estaba autorizada yo.

***

Después de estar renovando mi autorización durante un par de años, un día los técnicos me dieron una noticia. “Vamos a autorizar a algunos músicos más.” Pregunté: “Pero para mí, ¿va cambiar algo en mi autorización? ¿Cómo me va a afectar?”. “De ninguna manera,” me dijeron, “tú tienes tu permiso para un sitio, vamos a darles a unos cinco personas más la misma autorización, pero en los sitios que elijan, por ejemplo por la zona de la Calahorra, por la Judería…” Me parecía perfecto y sonaba muy prometedor. Necesitaba tener compañeros, para que fueramos más y pudieramos ayudarnos con algún posible problema. Estando tan sola me encontraba muy indefensa. Pensé, “mientras más seamos con la autorización, menos músicos habrá de paso o sin autorizaciones.”

Pasaron seis meses y no había ningún cambio. Todo seguía igual, los músicos venían y desaparecían, los días malos, nublados, con poco turismo, estaba prácticamente sola, incluso el otro músico de la zona de la Mezquita se fue de la ciudad. Los días buenos, puentes, días soleados, aparecían unos cuantos a tocar, pero ninguno parecía tener una autorización. Cuando tuve que volver a renovar los papeles, pregunté: “¿Qué hay de esos músicos que iban a autorizar?” “No vamos a autorizar a nadie.” - dijeron. No pude esconder mi sorpresa. “¿Por qué?” “Pues, porque… nadie nos responde cuando le pedimos que cumpla con las condiciones de estar de alta de autónomo.”

Enseguida entendí a qué se refería. Esos requisitos que me quitaron unas cuantas semanas y que me causaban cada trimestre varios días perdidos por tener que rellenar los modelos. Estaba decepcionada. No sabía si sentirme tonta o ingenua por ser la única que acepté cumplir con esas condiciones, que no eran fáciles de mantener, o sentirme contenta de haberlas cumplido para poder trabajar. En todo caso me sentía muy a menudo totalmente desprotegida ante los acosos de los demás. Y cumplir con esas condiciones no me ayudaba para sentirme respaldada.

Cuando un día apareció un grupo de pintores que montó cerca mía, en la misma plaza, tres puestos, me alegré. Ellos trabajaban en la vía pública desde hacía años y sabían de qué manera protegerse. Pedir ayuda a los policías no les parecía ningún problema.

Mientras tanto mi trabajo estaba teniendo frutos. Con mis ahorros grabé un disco de música clásica y estaba feliz. Desde que era estudiante mi deseo era crear y ese deseo se estaba haciendo realidad. Me acordé de los técnicos que me ayudaron en su momento a cumplir con las condiciones para poder trabajar y les pedí que me dieran sus nombres para hacerles una dedicatoria. Realmente quise animarles para que se sintieran contentos con su trabajo y ayudarme algo más, en vez de dejarme sola frente a los posibles problemas que se me presentaban. Los técnicos me dijeron: “Tienes que poner primero el nombre del concejal. Nosotros sólo somos los técnicos, el que nos firma los papeles, aunque no los haya tramitado, es el concejal.” Estaba confusa, para mí ellos eran mi único contacto con el Ayuntamiento y no conocía la diferencia entre ellos y un “concejal”. De hecho, no conocía el significado de la palabra “concejal”. Pero asentí y les pedí el nombre del concejal, que supuestamente “se iba a mosquear” si no le mencionaba a él y a ellos sí. Más tarde les traje mi nueva creación y supuestamente iban a regalarle un ejemplar. Aparte de su nombre, no sabía nada más sobre él.*

(*p.d. con todo esto quiero hacer entender que yo en ningún momento conocía a nadie “importante” del Ayuntamiento y todas las especulaciones de tener amistades y por tanto recibir favores, no son otra cosa que calumnias y una contracampaña hacia mí.)

El trabajo en La Puerta del Puente era como una montaña rusa. Días estupendos, bonitos, soleados, nubososo, lluviosos, ventosos, cálidos, extra cálidos, fríos, con público, coros, aplausos, emociones de sentirme realmente reconocida, días en los que estaba sin público… Me centré en mi repertorio y en mis nuevas creaciones, nuevos discos y sentía que el trabajo me daba sus frutos. La gente que pasaba por allí o escuchaba de mí, venía a buscarme, simplemente para escuchar o para pedirme que tocara en su evento. Llegaban algunos turistas, incluso de alguna otra parte del mundo, porque sus compatriotas les habían contado que tenían que buscar a “la violinista” cuando visitaran Córdoba.

Estaba contenta. Sentía que después de los largos años de la dura vida dentro del mundo de la música clásica había encontrado mi destino. Regalar mi música de esa forma inesperada a algunos transeúntes agradecidos me llenaba. Allí no dependía de la piedad de los jurados, que siempre apoyaban nada más que a sus amigos y a sus hijos. Tampoco dependía de los directores y de profesores que decidieran por mí las obras que iba a tocar. Mi música hacía feliz a muchos y a mí aún más.




Comentarios (6)

Jose 2017-10-18

Siempre encantado de leer tus honestas historias. Madrid te sigue esperando. ;)

Miriam 2017-10-18

He sido testigo de esos dí­as en la ribera, era imposible no pararme a escuchar un poquito de la magia que haces!! Se te echa de menos!

Carmen Burgos 2017-10-19

No cabe duda de que tus primeros años han sido complicados pero me gustaria que supieras que hay personas a las que le has regalado buena música y han podido disfrutar de tu talento, mi padre por ejemplo siempre hablaba de ti. Sé que lo conociste y os sonreiais cada tarde. No lo dejes nunca. Un saludo.

Eduardo (Torremolinos) 2017-10-19

Ya poco me sorprende de las historias contadas por nuestra artista. El tema de los artistas callejeros es demasiado complejo y sobre todo lleno de envidias en un mundo, la música, en la que lejos de ayudarse y arroparse los unos a los otros, en ocasiones solo se tiran piedras, en una competencia desleal donde muchas veces impera la picardia y sobre todo la maldad. En la localidad donde resido, Torremolinos, sobre todo en época estival, el centro se llena de todos estos artistas que unos mas que otros intentan ofrecernos su música de la manera que buenamente pueden. Ultimamente estos artistas estan obligados, supongo que por el ayuntamiento, a exponer un cartelito a modo de identificación para poder tocar en la calle. Pues bien, ya he visto alguno de ellos que carecen de este permiso, y esto a los ojos de la pareja de policia que anda muchas veces por la zona. Tema aparte los son "rompe oidos" y me refiero a un grupo descontrolado con sus acordeones que van molestando desde a la persona que esta sentada tomando un café en una terraza, hasta al musico que esta trabajando con sus papeles en regla y sin molestar a nadie. Para mi todo esto solo tiene una lectura, por una parte la intolerancia, o por otra que no somos un país con una amplia cultura musical, tal vez este confundido en ambos casos. He tenido la suerte de visitar ciudades como Dublin, Viena, o Praga y si trato de comparar, sería como hablar de la noche y el día; da gusto pasear por sus calles y pararse a escuchar a todos y cada uno de los artistas. Intento ser objetivo, pero al margen de la admiración, creo que muchos musicos deberian mirarse un poco en el espejo de Klara, y con esto que digo no solo me refiero a su calidad como artista, si no a la forma de comportarse tanto en el ámbito legal, como en el social, pero es solamente mi opinión, y si alguien tiene alguna duda que se tome la molestia en escucharla

Rafi M. M. 2017-10-19

Tengo tres CD tuyos. Me encantaba ir al puente para oí­rte. Estuve en el cí­rculo de la amistad la última vez que tocaste. Te vi en Nerja tocando en el balcón del mundo. Iré este domingo al mercado de la Victoria

Pepa Sanchez 2017-10-27

Me acuerdo de ti siempre al pasar por la boca del puente, falta algo, eres tu, felicidades por tus exitos, besos.

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