¿La calle es un escenario?
10 de septiembre de 2017


Tocar en la calle...

Todo tiene su “primera vez”... Y ésta era la mía.

Fue más o menos por mitad del conservatorio profesional, cuando fuimos con mi familia a veranear a una pequeña ciudad de Croacia. Ese año fuimos de camping. Mi madre siempre hacía bromas, diciendo “Eso de hacer camping es como si los adultos jugaran a las casitas”.

Mis hermanas y yo ya no eramos tan pequeñas, pero “jugar a las casitas” en el camping nos encantaba. Se trataba de un camping que solo permite tiendas de campaña, no hay vehículos en ningún lado cerca, ni siquiera aparcamiento.

En una parcela más alta descubrí una curiosa tienda de campaña. Una cosa más auténtica que las demás. Parecía una de esas tiendas de indios nativos, alta, blanca y redonda. Al ver a sus habitantes me quedé sorprendida. ¡Al hombre lo conocía! Se trataba de un hombre totalmente pelirrojo que solía tocar en la calle de Ljubljana, la capital eslovena. Solía tocar música celta, con su flauta travesera, acompañado de un perro. Era raro que siempre lo solía ver por allí tocando, pues no parecía de allí. Con ese estilo de música y con ese pelo tan rojo pensaba que tenía que ser, por ejemplo, irlandés. Resultó ser Esloveno y un tipo muy amistoso.

“¿Tocas el violín?” me preguntó, cuando pasó por el lado de nuestra tienda de campaña y me vio delante de la tienda con mi funda de violín al lado. Le afirmé. “Pues vente esta noche a tocar a la ciudad, te pones en el paseo marítimo y verás lo que le va a gustar a los turistas”. Me resistía. Tenía mucha curiosidad por tener esa experiencia, pedía a mi padre que me acompañara con su guitarra, pues teníamos un extenso repertorio que a veces interpretábamos en algunas fiestas y en un piano bar. Tenía bastente miedo, no quería hacerlo sola, pero él se mostraba firme, no quería acompañarme. Mis padres me animaron y así finalmente me decidí y esa noche fui a la ciudad, a su paseo marítimo.

La experiencia de regalarles la música clásica a unos turistas que no se lo esperaban me marcó para siempre.

Con entusiasmo me apuntaba los títulos de las canciones que me pedían, me alegraba escuchar sus aplausos y, además, al terminar mi actuación del primer día pude comprarme con mi propia ganancia un lindo y pequeño bolso.

***

Los veranos. Las plazas. Los paseos marítimos. Mis conciertos en la calle se convertieron en una costumbre. Ya no me imaginaba viajar sin mi compañero, el violín.

El año en el que me saqué el carné de conducir, mis padres decidieron comprar un pequeño coche usado, un alegre VW Polo rojo al que le puse un nombre y empecé a llamarle Švrk. En realidad lo compraron pensando en que lo ibamos a compartir mi madre y yo, pero en cuanto cayó en mis manos la llave ya no la solté. Mi pobre madre no volvió a verla y así Švrk se convirtió en mi gran amigo. Eso sí, mis padres me avisaron de que como castigo por no querer soltar la llave de mi querido cochecito me tenía que hacer cargo de todos los gastos relacionados con él. No me parecía un problema, me encantaba conducir y no me importaba gastarme todo el dinero de mi beca en gasolina.

En mi tiempo libre daba vueltas por la capital, se acabó la eterna necesidad de coger montones de autobuses por día y pronto conocía la ciudad en todos sus detalles, atajos, los caminos más cortos, nombres de las calles, como los taxistas locales.

Los momentos más felices con mi Švrk eran los veranos, cuando salía de viaje al país vecino, Croacia, a pasar tiempo en la playa. Por supuesto me llevaba el violín, para tocar en algunas plazas bonitas o paseos marítimos por la noche. A menudo iba sola y me hacía amiga de la gente local. En poco tiempo terminaba hablando con ellos en su idioma, cenando en los restaurantes de sus familiares. Pula, Rovinj, Cres, Poreč, eran algunos de los sitios donde solía dar mis pequeños recitales al aire libre.



(En el camping, al lado de Švrk, mi coche, antes de ir a tocar / Tocando en Croacia)

Un día, cuando ya estaba terminando con mis vacaciones, se acercó un grupo de gente. En un croata raro me pidieron que fuera a tocar a su boda esa tarde. Pensé que eran extranjeros, quizás de Albania, ya que eran un poquito más morenos y hablaban entre ellos en otro idioma. ¡Cómo me equivocaba! La lengua que hablaban era romaní y eran gitanos de la zona. En el primer momento no estaba convencida, ya pensaba irme para mi casa y me quedaban unas horas de camino, pero la pareja me lo pedía con palabras y con signos, “por favoooor, nos gustaría mucho que vinieras.” Bueno, pensé, no me vendrá mal ganar un dinero extra…

Por la tarde me acerqué al lugar que me dijeron. Pronto llegaron los primeros invitados. Llegaban en sus coches extra lujosos y vestidos muy coloridos. Reconocí a un chico que vendía cuchillos en la calle y solía recoger su puesto de prisa y corriendo cuando se acercaban los policías.

La pareja que se casaba no llegó hasta horas después. Las bodas gitanas en esa zona por lo visto son un poquito así… sin horario. Pero también sin concejales, sin papeles, sin testigos, sin firmas, con el juramento que hacen encima de una gran espada. Y con bastante billetes volando. Con los bailes salvajes en círculo. Los chicos me preguntaban si no quería quedarme más tiempo, es decir, unos días más, pero les dije que me tenía que ir pronto. Uno de ellos se ofreció a llevarme si estaba demasiado cansada para conducir. Me parecía muy joven para proponerme una cosa así, así que le pregunté su edad y, efectivamente, tenía 16 años… no tenía carné, pero no le importaba tampoco... Si quería, incluso podrían llevarme con su coche que tenía una tele en los asientos de atrás. Terminé muy tarde con mi trabajo aquel día, pero para ellos fue como si la fiesta acabara de empezar. ¡Era una auténtica boda gitana de los Balcanes!

Fue una experiencia de las más graciosas que tuve en los tiempos de tocar por Croacia.



(En la boda gitana)


Comentarios (2)

JAIME BIELVA ___"LA PARRA"" 2017-09-13

TU MUSICA NOS ENCANTA EN SANTILLANA DEL MAR

Eduardo (Torremolinos) 2017-09-15

La musica de Klara no encanta solamente en Santillana, sitio maravilloso y entorno perfecto para una artista como ella que sin duda engrandece toda la ciudad. Klara ha tocado, y toca en cualquier lugar de la calle dejando un halo de magia alla por donde va. Quien la ha escuchado sabe bien a lo que me refiero

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